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El legado y la presencia

por Maestro Aigo Seiga Castro
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diciembre de 2009 - Recibe notificaciones de nuevos artículos como este aquí

Enseñanzas
Desde su primera proclamación en Sarnath, el Buda dedicó los 45 años restantes de su vida en dispensar el Darma a toda clase de seres. Llegado hasta aquí, comentó a su asistente Ananda: “ahora soy viejo, exhausto, venerable, uno que ha atravesado el sendero de la vida; he alcanzado el término de vida, que es ochenta”. El Iluminado atravesó circunstancias amargas, como la oposición terrorista de su primo Devadatta, pero finalmente, el resultado de su tarea fue dulce: instituyó la Noble Sanga compuesta por numerosos liberados/as, que floreció sólidamente por doquier.

En sus últimas enseñanzas, el Así Venido quiso asegurar la permanencia de la Sanga estableciendo seis grupos de factores conducentes a “su crecimiento y no declive”. Los factores de cohesión (1) prescriben la armonía en reuniones y tareas, conducirse según las reglas autorizadas de práctica, respetar y venerar a los monjes/as senior, contentamiento ante los deseos, optar por moradas retiradas y preservar la plena atención. Los factores de no-dispersión (2) subrayan el no absorberse por tareas externas, charlas, dormir, estar en compañía, albergar deseos nocivos, asociarse con malas amistades y no contentarse con realizaciones parciales. Los factores de conducta virtuosa (3) promueven la confianza, modestia, el temor a obrar nocivamente, el aprendizaje, el estímulo del vigor, la plena atención y la sabiduría. Los factores de iluminación (4) cultivan la plena atención, discernimiento de los darmas, vigor, gozo, distensión, concentración y ecuanimidad. Los factores de recta visión (5) desarrollan la percepción de la impermanencia, el no-yo, impureza y peligro de lo condicionado, la superación, el desapego y la cesación del sufrimiento. Por último, los factores de conducta congruente (6) establecen una vida comunitaria saludable, tanto pública como privada, mostrando benevolencia en actos corporales, verbales y mentales, compartiendo todo lo que se recibe, sin transgredir las reglas monásticas y cultivando sin cesar la visión profunda que lleva a la liberación. En la medida en que la Sanga preserve y desarrolle estos factores, asegurará su prosperidad presente y futura y evitará la decadencia.

Asimismo, el Iluminado instituyó cuatro criterios para distinguir su genuina Palabra de sus falsificaciones. Cualquier enseñanza que se afirme fue escuchada y recibida de los propios labios del Maestro (1), de una comunidad de monjes senior y distinguidos maestros (2), de muchos monjes doctos en Darma y Vinaya (3), o de un solo monje docto, si se haya en conformidad con los Sutras y el Vinaya, será reconocida como Palabra del Buda, de lo contrario, será rechazada como errónea.

Fue precisamente el Darma y el Vinaya lo que el Buda designó como su legítimo sucesor: “Ananda, tal vez pienses: ‘La enseñanza del Maestro ha cesado, ¡ahora ya no tenemos Maestro!’. Pero no has de verlo así, pues lo que te he enseñado como Darma y Vinaya será, tras mi partida, tu Maestro”. De ahí que el Buda recalcase que sólo el Darma es para el practicante la isla firme ante el oleaje del sufrimiento, la lámpara que alumbra toda oscuridad, el único refugio ante la incertidumbre. En esto, el Iluminado se mostró de nuevo como ejemplo con este verso de despedida: “Ahora, parto de vosotros y de mí mismo hago mi refugio”.

Prácticas
Sakyamuni convocó su última asamblea para transmitir su testamento de prácticas. Fueron descubiertas y realizadas por el Buda como fruto de su consumada sabiduría meditativa y las legó a la Sanga para que: “esta vida noble pueda durar largo tiempo, para beneficio y felicidad de seres humanos y celestiales, por compasión hacia el mundo”. Constituyen la columna vertebral de la práctica del Darma original y es uno de los elementos clave que demuestra la unanimidad de práctica y realización para todas las tradiciones budistas. Son los treinta y siete factores que contribuyen a la Iluminación (ver fig. 1). Todos ellos pueden sintetizarse en diez elementos raíz que abarcan los factores indispensables de todo Sendero budista, ya sea mundano o transmundano: confianza (13 y 18), ética (32-34), intención (31), vigor (5-8, 10, 14, 19, 25 y 35), plena atención (15, 20, 23 y 36), concentración (9-12, 16, 21, 28 y 37) sabiduría (1-4, 17, 22, 24 y 30), distensión (27), gozo (26) y ecuanimidad (29). Asimismo, pueden practicarse siguiendo sus agrupaciones tradicionales y según sea el propósito de práctica. En general, los grupos I y VI se enfocan en el cultivo de la sabiduría por el discernimiento (vipasyana), los grupos III-V en el desarrollo de poderes supranormales y la quietud (samatha), el grupo VII constituye la síntesis completa del Sendero tanto en su aspecto interno como vinculado al mundo, y el grupo II es común a todos ellos.

Además, el Iluminado legó a la Sanga con su propio ejemplo la práctica póstuma: atravesar plenamente consciente la barrera de la muerte. “Ahora, yo os declaro: todas las cosas condicionadas tienen por naturaleza la destrucción; ¡esforzaos con diligencia!”. Éstas fueron sus últimas palabras. Acto seguido, el Buda yació adoptando la “postura del león”: tumbado sobre su lado derecho, con un pie sobre otro, plenamente atento y claramente consciente al instante de su iluminación. Así, entró sucesivamente en las cuatro absorciones (dhyana) y prosiguió con las cuatro consecuciones (samapatti): espacio infinito, conciencia infinita, nada y ni percepción ni no-percepción. Después, alcanzó la cesación de sensación y percepción, estado interpretado erróneamente como su muerte. Pero, el Buda continuó con su meditación, esta vez recorriendo de modo regresivo los niveles anteriores hasta el primer dhyana y a partir de ahí, volvió a situar su mente en el cuarto dhyana, concretamente, en su punto culminante, denominado “estado mental neutro” (avyakrta). Aquí, la mente se halla liberada del karma, es más, las acciones surgidas de esta mente destruyen el karma. Y esto fue lo que hizo el Buda, desde esta mente neutra, todo él se hizo Nirvana, más allá de nacimiento, muerte, causa, efecto, tiempo y espacio.

Historia común y no común
Las interpretaciones historicistas consideran la muerte del Buda en términos meramente biológicos: intoxicado por consumir sukara-maddava (carne de cerdo, o setas que gustan a los cerdos). Sin embargo, un análisis detallado de los Sutras evidencia que Sakyamuni recuperó su salud gracias al poder de su desapego y concentración. Aunque tenía capacidad para prolongar su vida indefinidamente, el Buda eligió la interrupción voluntaria de sus agregados para enseñar que a pesar de su posible longevidad, eran transitorios. Con su Nirvana, el Buda venció por última vez a Mara en dos aspectos: renunció plenamente consciente a la vitalidad temporal (ayuh) de su existencia presente y dominó con el poder de su concentración el principio vital (jivita) que liga las existencias. La tradición Sarvastivada interpretó ambos hechos junto a dos acontecimientos clave de su Iluminación, como la cuádruple victoria del Buda frente a Mara. Así, durante la primera parte de la noche anterior a su Iluminación, el Buda venció los sortilegios sensuales del Mara deidad (devaputra-mara) y durante la tercera, al Mara de las contaminaciones mentales (klesa-mara). Y ahora, el Iluminado rechazaba su vitalidad temporal venciendo así al Mara de la muerte (marana-mara) y dominaba su principio vital, es decir, las fuerzas generativas que animan los factores de existencia, venciendo así al Mara de los agregados (skandha-mara). Según esto, en sentido estricto el Buda no nace ni muere, pues su Budeidad es independiente de ambos. Lo único que surge y cesa son sus agregados psico-físicos. Sobre la naturaleza y destino de dichos agregados tras el Nirvana final (pari-nirvana) del Buda, se han preservado dos enfoques principales.

Para la tradición Theravada, Sakyamuni alcanzó el “Nirvana sin grupos remanentes de existencia”, es decir, su principio vital cesó definitivamente de producir nuevos agregados. El Buda sólo permanece como realidad intemporal, que únicamente volverá a manifestarse en forma humana con el futuro advenimiento del Buda Maitreya. No obstante, parte del poder espiritual del Buda Sakyamuni perdura en el mundo mediante dos legados: como “Cuerpo del Darma” identificado con la colección de enseñanzas textuales, y como “Cuerpo de Forma” identificado con sus reliquias físicas (sarira), estupas y representaciones simbólicas. Según esto, el Buda se hace presente mediante el estudio, práctica y realización del Darma y la veneración a sus signos tangibles.

Asumiendo dicho enfoque, la tradición Mahayana expandió su concepción del Buda. Durante múltiples existencias anteriores, el Bodisatva Sakyamuni se abstuvo de matar seres y donó gran cantidad de alimentos. Con estas dos causas adquirió un principio vital constante que produce existencias innumerables, por tanto, la vida del Buda no puede limitarse a ochenta años. Su existencia en la India del s. V a. C. es una manifestación más emanada de su Cuerpo último, no-surgido e idéntico a la Iluminación. Esto implica que su Nirvana final es sólo aparente, pues su principio vital sigue produciendo agregados psico-físicos en otros tiempos y lugares. Según esto, el “Cuerpo de Darma” del Buda es lo incondicionado mismo y su “Cuerpo de Forma” las manifestaciones condicionadas surgidas de su compasión. Como mediador entre ambos se halla el “Cuerpo de Gozo”, constituído por las virtudes, votos, meditaciones y realizaciones del Buda. Dicho Cuerpo puede manifiestarse mediante determinados signos de excelencia espiritual o bajo la forma de otros Budas transmundanos, ya que la Budeidad no es exclusiva de Sakyamuni, sino naturaleza común a todos los Budas. Generalmente, es a través de la meditación-visualización de los Budas transmundanos y sus Tierras Puras, la reproducción de sus gestos (mudra) y la recitación de sus enseñanzas (sutra, dharani, mantra), como el practicante Mahayana encarna la presencia del Iluminado.

Arte y cultura
El Nirvana del Buda dio contenido espiritual a la edificación budista anicónica por excelencia: la estupa. Sus orígenes pre-budistas engloban tres significados primarios: “tope, cima, moño, cresta” (supremacía), “tronco, árbol, pilar, poste” (estabilidad) y “apilamiento, amontonamiento” (referencia espacial). De ahí que la estupa simbolizase básicamente la supremacía estable de un orden temporal que se despliega en el espacio, y fuese utilizado como túmulo funerario para los “monarcas que hacen girar la rueda” (chakravartin). Como ya sucedió con la rueda del Darma, el Buda adoptó la estupa del chakravartin para mostrar la hegemonía intemporal y permanencia terrenal del Darma. Así, indicó que fuese enterrado como un chakravartin y tras la cremación, sus restos fuesen depositados en una estupa. Pero, la incineración no comenzó hasta la llegada de Mahakassapa, líder de facto de la Sanga. El venerable circunvaló la pira tres veces, descubrió los pies del Iluminado, los veneró con su cabeza y acto seguido, la pira se encendió por sí misma. El fuego devoró por completo mortajas, cenizas y polvo; sólo quedaron los huesos (sarira).

A punto estuvo de provocarse una guerra entre los clanes que se disputaban las reliquias del Buda. Afortunadamente, el brahmán Dona medió entre ellos, recordándoles que “es la renuncia lo que caracteriza la enseñanza del Buda y no es correcto luchar por conseguir los restos del mejor de los humanos”. Así, aceptaron su propuesta de repartir “unidos en armoniosa y pacífica amistad” las sarira en ocho partes, además de la urna y los rescoldos de la cremación. De este modo, se construyeron las primeras diez estupas, esparcidas por las repúblicas y reinos budistas del noreste de la India. De ellas, sólo dos urnas con sarira del Buda Sakyamuni se conservan en la actualidad: la del clan Sakya enterrada en Piprava (Nepal) y la del clan Licchavi en Vaisali (Bihar, India).

Para Ananda, Kusinagar sólo era una “despreciable aldea de zarzas y barro en medio de la jungla”. Pero, el Buda la contempló como Kusavati, lugar donde murió durante siete existencias anteriores y antigua capital del rey Kusa, hijo de Iksvaku, el primer ancestro del clan Sakya. Así, era natural que el Buda eligiese la cuna de sus antepasados para integrar y trascender su estirpe. Tras dos siglos de oscuridad, Kusinagar gozó de gran prestigio gracias al emperador Asoka (300-232 a. C), quien erigió estupas, pilares y monasterios. El florecimiento de Kusinagar llegó hasta el s. V d. C., después, los monjes chinos Fa-hsien (s. V) y Hsuan-tsang (s. VII) testificaron su decadencia. Siguiendo las precisas descripciones de Hsuan-tsang, los arqueólogos A. Cunningham y A. Carlleyle (1876-77) rescataron los principales vestigios de Kusinagar: la estupa y templo del Nirvana, la estupa de la Cremación y la estatua yacente del Buda (s. V d. C). Actualmente, los numerosos templos e instituciones de todo el mundo budista implantados en Kusinagar muestran que el Nirvana del Iluminado en la India no significó un final, sino un perenne comienzo.

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