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La suprema y perfecta iluminación

por Maestro Aigo Seiga Castro
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agosto de 2009 - Recibe notificaciones de nuevos artículos como este aquí

Enseñanzas
Aunque con su ascesis Gautama consiguió eliminar casi todas las contaminaciones que le adherían al mundo, aún no se había desprendido de las pertenecientes a su punto límite, el estado de “ni percepción ni no-percepción”. De modo que, Gautama decidió recuperar su equilibrio psicosomático; descansó, tomó un baño e ingirió alimentos nutritivos: gachas de arroz con leche. Como consecuencia, sus cinco compañeros ascetas le abandonaron decepcionados, recriminándole que trocase la ascesis por una “vida lujosa”. Indiferente a las críticas, Gautama optó por seguir su camino en solitario, enfocándose en dos recuerdos clave para su inminente Iluminación.

Primero, Gautama rememoró que, hallándose sentado a la sombra de un manzano en el jardín de su padre: “apartado de placeres sensuales y estados nocivos, entré y permanecí en el primer nivel de absorción meditativa (dhyana) y tuve la certeza de que aquel era el auténtico sendero hacia la Iluminación”. Segundo, recordó que tuvo una visión profunda preliminar de la naturaleza condicionada y productora de sufrimiento de los factores que componen la realidad mundana, de cómo la ignorancia los perpetúa y con su cesación hay liberación (después lo denominaría “Surgimiento Dependiente”). Asimismo, tuvo un vislumbre del sendero correcto para liberarse definitivamente del sufrimiento: “ví el antiguo sendero, el antiguo camino recorrido por los Budas del pasado”. Es decir, una prolongada ascesis y un gran cúmulo de méritos y sabiduría provenientes de vidas pasadas, permitieron a Gautama abrirse a dos certezas decisivas sobre su próxima liberación y su sendero sin parangón en su época, pues “hasta entonces nunca habían sido oídas por nadie”. Así, se dirigió al poblado de Uruvela (actual Bodhgaya), cercano al río Nairañjana, se sentó bajo un árbol pípal (Ficus religiosa), cruzando las piernas con una resolución inquebrantable (vajra-paryanka): “no deshaceré esta postura sentada hasta obtener la erradicación de todas las contaminaciones”.

Gautama reconoció que su mente albergaba dos tendencias, una hacia lo saludable y otra hacia lo perjudicial. Percatándose de las consecuencias de seguir una u otra, optó por cultivar la tendencia saludable como base indispensable para la purificación mental. Acto seguido, su mente atravesó los tres niveles preliminares de dhyana y se estableció en el cuarto, “que es atención pura surgida de la ecuanimidad extenta de placer y dolor”. Además, experimentó la parte más refinada de este dhyana, denominada “concentración inconmovible”, o “concentración que colma el espacio”. Pero dicha estabilidad y alerta máximas carecían de facultad para conocer, por tanto, Gautama cultivó un estado aún más sutil, la “concentración similar al vajra” (vajropama-samadhi), combinación no-dual de meditación y sabiduría que destruye todas las impurezas (asrava). Y Gautama entró a conocer su propia mente con la luz de este samadhi. En la primera parte de la noche, recordó sus “múltiples vidas pasadas con sus modos y detalles”. En la segunda, se enfocó en “la cesación y reaparición de los seres”, es decir, en la configuración kármica de cada ser y su efecto en vidas sucesivas. Y durante la tercera parte de la noche, al despuntar de la aurora, “conocí directamente, tal como es, la verdad del sufrimiento, su origen, su cesación y el sendero conducente a su cesación”. Además, “mi mente se liberó de la impureza de la avidez sensual, del devenir y de la ignorancia”. Tras su Iluminación, Sakyamuni permaneció siete semanas en Uruvela inmerso en la “felicidad de la liberación”, ya fuese sentado, caminando, manifestando su cuerpo de luz, o dilucidando la naturaleza del Surgimiento Dependiente.

De camino hacia Benarés, se encontró con un asceta errante, que, sorprendido por el fulgor que irradiaba del cuerpo del Buda, le preguntó quién era su maestro: “para mí no hay maestro, nadie es semejante a mí; yo soy el único Buda Perfecto en el mundo; he obtenido la Suprema y Perfecta Iluminación. Lo he superado todo; soy el conocedor de todo; no estoy contaminado por nada en absoluto; he abandonado todo y estoy liberado del miedo; habiéndome enseñado a mí mismo, ¿a quién podría señalar como maestro? Sin igual y sin precedentes, habiéndome proclamado a mí mismo, he obtenido la Iluminación. Yo soy el ‘Así Venido’ (tathagata), el maestro de dioses y hombres, el omnisciente y el dotado con todos los poderes”.

Prácticas
La pregunta es: ¿de qué modo el asceta Gautama se convirtió en Buda? De los diversos relatos elaborados por las tradiciones Theravada, Mahayana, Vajrayana y Zen, es posible extraer seis elementos comúnes (ver esquema). Como ya se indicó, Gautama contaba con un extenso bagaje de méritos y sabiduría reunidos durante largo tiempo, en concreto, tres eónes incalculables y noventa y un eónes menores. A lo largo de sus múltiples existencias, el continuo mental de Gautama acumuló miríadas de acciones virtuosas y heroicas con el único fin de purificarlo y transformarlo en una mente luminosa para beneficio de los seres.

Ahora bien, Gautama no contaba sólo con sus méritos individuales; su aspiración fue asistida por todos los Budas. Recibió el preanuncio de su futura Iluminación por el Buda del anterior ciclo cósmico. Además, contaba con la influencia de lo que el Zen denomina “sabiduría vital” que fluye por el linaje de Transmisión de los Budas. Según el Vajrayana, Gautama fue sacado del cuarto dhyana por los Budas para ser iniciado en el cielo Akanistha y así lograr la Suprema Iluminación. Todo ello indica claramente que, aunque Gautama no tuviese ningún maestro humano, recibió la indispensable guía de los Budas para completar su búsqueda.

Dichos factores ayudaron a Gautama a enfrentarse a Mara (“El Asesino”), dios del mundo del deseo cuyo propósito es obstruir el desarrollo espiritual. Aunque las biografías tardías dramatizaron las tentaciones de Mara únicamente en el momento previo a su Iluminación, en realidad, Gautama soportó los acosos del Maligno en su periodo ascetico, y del modo más virulento, durante las cinco semanas posteriores a su Iluminación. Con ello Mara pretendía impedir que el Buda enseñase al mundo su sendero de liberación. Entre sus medios más nocivos, destacan los que Gautama denominó como “diez ejercitos de Mara”: “avidez, aversión, hambre y sed, ansia, pereza y apatía, miedo, duda, disimulo y terquedad, fama y provecho, elogiarse a sí mismo y difamar a otros”. Pero todo fue en vano. Como Mara reconoció: “no he sido capaz de hallar en la atención del Buda ni un solo instante indefenso que me permitiese penetrar su guardia”. ¿Cuáles fueron las infalibles armas del Buda? En sus propias palabras: “la fuerza de la confianza, esfuerzo y sabiduría”, surgidas de “una mente tranquila, desapegada de todo, que conoce la verdad y medita sin distracción”.

Como ya se indicó, Gautama asentó su mente en el aspecto más refinado del 4º dhyana y de ahí extrajo la facultad cognitiva que necesitaba: la “concentración similar al vajra”, llamada así porque: “es como una gran roca, intacta, sin fisuras, sin oquedades, sólida, compacta y que no puede ser sacudida por los vendavales de las diez direcciones”. Es la contemplación cultivada en la inminencia de la Budeidad, pues está liberada de todo impedimento y los elimina al instante. Está dotada con la ‘sabiduría pura’ (anasrava prajña), que es el antídoto por excelencia contra las impurezas. Se denomina así porque percibe su objeto directamente, está exenta de dudas, excluye el conocimiento subjetivo, su objeto es real y emana de un pensamiento incontaminado. Sólo ella puede realizar la liberación completa y definitiva (vimukti), es decir, liberación de la mente de contaminaciones y distorsiones y liberación de la sabiduría pura e inmutable. Dicha liberación lleva implícita la autoconsciencia de ésta, es decir, conoce la erradicación de las impurezas, y especialmente, conoce que no volverán a surgir de nuevo. Por eso, el recién iluminado Buda declaró: “el nacimiento ha sido destruído, la vida noble ha sido vivida, lo que había de hacerse ha sido hecho, ya no hay surgimiento de ningún estado de existencia”.

Si bien el proceso para convertirse en Buda es gradual, su culminación es instantánea: “mediante la sabiduría asociada a un solo instante de pensamiento, adquirí la Suprema y Perfecta Iluminación”. Una característica esencial del estado de Buda es el conocimiento omnisciente, pues a diferencia de otros liberados, sólo los Tathagatas han erradicado las contaminaciones (klesa) y sus residuos (vasana), lo que les permite conocer seres y cosas de modo genérico y en sus aspectos particulares. Asimismo, sólo los Budas están facultados para descubrir el Darma y proclamarlo al mundo, es decir, la ley del Surgimiento Dependiente, las cuatro Nobles Verdades y el Noble Sendero Óctuple.

Historia común y no común
En su deambular, a Gautama le atrajo la aldea de Uruvela, especialmente, un frondoso bosque cercano, bañado por las límpidas aguas del río. Aquel lugar emanaba una serenidad peculiar y Gautama se dijo: “en verdad, este es un lugar favorable para el esfuerzo”. Si bien ahora se conoce como Bodhgaya, es un término moderno derivado de topónimos mucho más antiguos como “Lugar de la Iluminación” (bodhimanda), “Asiento del Vajra” (vajrasana) o “Gran Iluminación” (mahabodhi). El emperador Asoka (300-232 a. C.), que instituyó el peregrinaje por los lugares sagrados del Buda, visitó el lugar y lo llamó “Perfecta Iluminación” (sambodhi). Fue él quien mandó erigir el primer templo, del que aún se conservan restos de los barandales de piedra que lo circundaban, y lo más importante, el lugar original donde el Buda alcanzó la Iluminación, llamado Vajrasana. Según el arqueólogo A. Cunningham que restauró el lugar en 1880, el templo Mahabodhi actual, del s. VI o VII, está construído exactamente sobre los restos del templo de Asoka, “de modo que, el trono original Vajrasana todavía mantiene la antigua posición del asiento del Buda y el reputado centro del universo”.

También denominado “Ombligo de la Tierra” o “Trono de la Victoria de todos los Budas”, el Vajrasana es ciertamente, el lugar del descubrimiento del Darma, no sólo realizado por el Buda Sakyamuni, sino por innumerables Budas pasados y futuros. Esto se debe a que el Vajrasana surgió simultáneamente con la aparición del mundo durante el periodo de perfección del ‘eón auspicioso’ (bhadra-kalpa). Por tanto, se ubica, no sólo en el centro de la tierra, sino en el centro de todo el sistema cósmico. De forma cilíndrica, a partir del Asiento Vajra ubicado en el centro, irradia una circunferencia de cien pasos y el cenit y nadir de sus prolongaciones sutiles rebasan los confines del mundo manifestado. Se denomina precisamente “Vajrasana” porque tiene una naturaleza tan indestructible, que es el único sitio capaz de sostener la “concentración similar al vajra” de todos los Budas. Aquí se establece una correspondencia exacta entre el lugar (vajrasana), la postura meditativa (vajra-paryanka) y la contemplación (vajropama-samadhi) asumidas por el Buda en su Suprema Iluminación. La inalterabilidad del Vajrasana proviene de que no está sujeto a formación ni destrucción, pues no se originó con las acciones y contaminaciones que generaron el mundo del sufrimiento. El Vajrasana está en el mundo pero no es del mundo: “cuando el mundo bascule y se sacuda, sólo este lugar permanecerá inmóvil”.

Arte y cultura
¿Cómo representar algo tan intangible como la Iluminación del Buda? La tradición anicónica lo hizo principalmente con dos símbolos interrelacionados: el árbol pípal (o “árbol Bodhi”) y el Vajrasana. Al significado ya indicado de inmutabilidad del Vajrasana, se le unió el culto pre-budista a los árboles sagrados, contemplados como moradas de dioses otorgadores de deseos y fertilidad. El budismo temprano conectó con esta tradición antigua desde su enfoque particular. Entre los factores compartidos por los Budas anteriores y el actual, destaca el que todos alcanzaron la Iluminación bajo un árbol. Sakyamuni tuvo una conexión especial con el árbol pípal; se distanció de éste y permaneció contemplándolo fijamente durante una semana con un sentimiento de profunda gratitud por haberle protegido durante aquella etapa tan crucial. Hizo realidad el Sutra: “todos aquellos que son constantes en no apartarse de su visión del árbol Bodhi, del mismo modo, son constantes en no apartarse de su visión de la Suprema y Perfecta Iluminación”. De dicha identificación árbol-iluminación surgió la veneración al árbol Bodhi, que a pesar de sufrir numerosas talas y envenenamientos, puede afirmarse que el actual plantado en Bodhgaya es un descendiente lejano del original.

La tradición icónica enfatizó la imagen del Buda sentado, con la mano izquierda en su regazo y la derecha con el “gesto de tocar la tierra” (bhumi-sparsa-mudra). Mara cuestionó al Buda la validez de su esfuerzo, pues según él, al meditar para abandonar el mundo, Gautama no tendría a nadie que testificase su liberación. Pero la trascendencia del Buda integraba el mundo, no lo rechazaba como pretendía Mara. Y para demostrarlo, el Buda dijo: “’esta tierra es mi testigo’, y tocó la tierra con su mano derecha”. Así, el Buda con el “gesto de tocar la tierra” se convirtió en la primera imagen para representarlo en su Iluminación. En Bodhgaya se introdujo la veneración a dicha representación desde el s. II vía arte de Mathura y fue considerada como la “Imagen del Verdadero Rostro del Buda”. La estatua actual es una copia en piedra del s. X (arte Pala) de la original en oro destruída por los turcos. Junto al Vajrasana, es el objeto de mayor veneración de la Mahabodhi. I-tsing y Hsuan-tsang (s. VII) describieron la práctica de vestir la imagen con telas de hábito como muestra de veneración. En verdad, es una imagen viviente, fuente de inspiración y eventos extraordinarios; se comunica con los devotos y propicia el rápido cumplimiento de sus votos. El peregrino tibetano Dharmasvamin (s. XIII) quedó impactado por su presencia, pues “nunca te sacías de contemplar la imagen y no deseas ver otras … incluso aquellos de escasa fe, al situarse frente a la imagen, les es imposible no derramar lágrimas”.

Además de albergar el Vajrasana y el árbol Bodhi, el templo-estupa de la Mahabodhi fue desde muy pronto un centro monástico relevante y lugar de interacción espiritual para figuras clave de todas las tradiciones budistas. Así, los monjes chinos Fa-hsien, I-tsing y Hsuang-tsang residieron allí y legaron importantes descripciones. Garab Dorje, primer maestro humano del Dsogchen, residió en el cementerio Sitavana, cercano al Vajrasana y lo transmitió a Mañjusrimitra. Atisa residió en la Mahabodhi antes de convertirse en abad de Vikramasila, ya que, hubo un intenso intercambio mutuo entre Bodhgaya y las universidades de Nalanda y Vikramasila. Grandes Siddhas como Luyipa, Santipa y Marpa también residieron en la Mahabodhi. A lo largo de su dilatada historia, la Mahabodhi a conseguido superar épocas de abandono, invasiones, saqueos, expolios y manipulaciones políticas, para erigirse en la actualidad como el Centro de veneración más sagrado para todos los budistas del mundo. Su gran torre, sigue irradiando su influencia auspiciosa en todas direcciones, “sublime como una escalera que asciende a los Cielos”.

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