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¿Qué es la espiritualidad? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Hacia dónde voy? Orientaciones para perplejos

por Maestro Aigo Seiga Castro
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03 de junio, 2015 - Recibe notificaciones de nuevos artículos como este aquí

Introducción
Con este artículo doy inicio a la serie “Palabras para Despertar”, donde deseo dar respuesta a preguntas fundamentales o básicas que se plantea cualquier persona interesada por la teoría y práctica de la enseñanza del Buda. Mi propósito es comunicarme del modo más concreto, conciso y claro posible evitando tecnicismos innecesarios, ateniéndome siempre a las enseñanzas originales del Buda Sakyamuni y sus discípulos legítimos, evitando por tanto ofrecer interpretaciones basadas en opiniones subjetivas o meras conjeturas. No encuentro base más auténtica y profunda para mi enfoque, que el cuerpo de conocimiento empírico de validez universal contrastado por numerosas generaciones de practicantes de Dharma en diferentes épocas y lugares que se originó con el Fundador del Dharma en la India, hace ya más de 2.500 años, dotado con una incontestable vigencia actual mostrada en cualquier lugar de nuestro planeta tierra.

El título del presente artículo contiene preguntas que me han formulado numerosas personas a lo largo de mi trayectoria docente, y seguramente, también se habrá planteado cualquier persona perceptiva en algún momento clave de su vida, como es precisamente tu caso, que ahora lees estas líneas. Dichas preguntas denotan los primeros indicios de un genuino impulso por conocerse a uno mismo, más allá de roles convenciones y limitaciones humanas, abriendo la posibilidad de encaminarse por un sendero de trascendencia. Sin embargo, según sean las respuestas a dichas preguntas, así serán sus posibles consecuencias. Observemos ahora qué tiene que decirnos al respecto el enfoque del Buda.

¿Qué es la espiritualidad?
Aunque parezca extraño, a día de hoy todavía se debate si el sendero del Buda es o no una religión, o bien, si es una “filosofía de vida” o una “espiritualidad personal” ajena a toda organización o institución. Teniendo la evidencia histórica, teórica y práctica como base, afirmo sin temor a equivocarme que lo que en Occidente se conoce como budismo y en sus propios términos se denomina como la Dispensación de la Enseñanza (Dharma-sasana), es una religión de carácter universal, originada a partir de la experiencia de transformación espiritual definitiva y completa realizada por el Buda Sakyamuni, y que tanto él como sus discípulos, se encargaron de sistematizar en un cuerpo de enseñanzas distintivas y una institución monástica encargada de la preservación, realización y docencia de dichas enseñanzas para la posteridad. Sin atenerse a su dimensión trascendente universal y a su estructura institucional, la Dispensación del Buda no habría superado las numerosas dificultades políticas, notorias diferencias culturales, decisivos cambios históricos y una extensa difusión geográfica que le han permitido llegar hasta el presente.

La dimensión propia del Dharma es, como expresó con gran belleza y perspicacia el gran Ancestro Zen Keizan Jokin, aquella donde: “Se abandonan las diez mil cosas, se renuncia a todas las condiciones, se desecha todo y no se depende de los seis sentidos”. Según esto, ¿qué filosofía o “espiritualidad” basada en opiniones personales podría alcanzar dicha dimensión? Creo que ninguna, por la sencilla razón de que la conciencia del ego y sus productos, por muy refinados que estos sean, adolecen de los defectos propios de su naturaleza limitada y limitadora, incapaz de ir más allá de todo lo que no sea la identificación con un sujeto en apariencia autónomo que crea la ilusión de apropiarse de seres y cosas.

Por lo tanto, el Buda Sakyamuni no se limitó a realizar su Iluminación de un modo privado, sino que durante los cuarenta años de su labor docente, se dedicó a transmitir a numerosas personas de cualquier edad y condición social un sistema completo de espiritualidad, cuya finalidad es aportar los medios más eficaces para tener una vida mundana satisfactoria, y especialmente, para trascender el mundo y realizar así una paz y liberación definitivas del sufrimiento. El sendero espiritual promulgado por el Buda consta de tres aspectos fundamentales e interrelacionados que han de practicarse en conjunto:

a.- Ética: Nuestras acciones intencionales de pensamiento, palabra y cuerpo están dotadas de una cualidad ética, ya sea saludable, es decir, portadora de actos y resultados beneficiosos y sabios para uno mismo y los otros, o perjudicial, portadora de actos y resultados nocivos e ignorantes para uno mismo y los otros. El Buda descubrió que el ser humano tiene una capacidad transformadora extraordinaria, que él reconoció como el poder de decidir dotado de sabiduría, pues es precisamente el ejercicio de dicho poder el que permite cambiar las acciones perjudiciales por otras saludables, creando así las condiciones favorables para tener una vida mundana satisfactoria y un desarrollo espiritual excelente.

Básicamente, existen tres modalidades de conducta ética: el abstenerse de cometer actos perjudiciales, el hacer actos saludables y el beneficiar a largo plazo a numerosos seres. Estas tres formas de ética se acumulan en la mente del individuo y constituyen sus verdaderas y únicas posesiones, es decir, aquello que le acompañará tras la muerte y condicionará sus siguientes renacimientos.

b.- Meditación: La base de la Iluminación del Buda radica en una experiencia meditativa originada por él mismo, destilada a partir de largos años de práctica constante e intensiva junto a diversos maestros y en solitario. ¿Qué es meditar? Consiste en la combinación de dos facultades naturales de la mente que pueden desarrollarse de modo ilimitado: la concentración que aporta calma y estabilidad mental, y la visión profunda que aporta conocimiento espiritual, desapego y manifestación de diversas facultades mentales. La práctica de la meditación guiada por un maestro cualificado, nos permite acceder a niveles profundos de la conciencia que habitualmente pasan desapercibidos a nuestro pensar cotidiano. Es en dichos niveles profundos de la mente donde anidan nuestras tendencias hacia el sufrimiento y sus opuestos, es decir, las virtudes que expresan nuestra bondad amorosa y sabiduría intrínsecas. Asimismo, la meditación nos posibilita apreciar y manifestar la naturaleza última o verdadera de la mente.

c.- Sabiduría: Es el resultado inevitable de llevar una vida ética congruente y una práctica de meditación correcta y regular. El Buda descubrió que las causas primarias productoras de sufrimiento, obstáculos, problemas, conflictos, etc., se hallan en una sed perpetua por satisfacer necesidades sensoriales y mentales, es decir, en un compulsivo no querer desprenderse, y en una ignorancia básica respecto a qué es realmente uno mismo, el mundo y su trascendencia. Ambas causas, sed perpetua e ignorancia, se refuerzan mutuamente y crean un denso velo que impide reconocerse a sí mismo y a las cosas tal y como realmente son. Además, la persona velada por la sed y la ignorancia suele producir acciones perjudiciales y acumular sus resultados negativos que le conducen a un mayor nivel de ignorancia y sufrimiento. La sabiduría es el fruto de una práctica de meditación refinada, que permite atravesar dicho velo y reconocer la realidad.

El Buda afirmó sin paliativos que sólo la sabiduría es la que libera del sufrimiento, pues dicha sabiduría produce un cambio existencial radical en la persona que la experimenta. Dicho en otros términos, la mente ignorante sufre porque se identifica y aferra a las representaciones de personas y cosas tomándolas como reales, es decir, toma una cuerda por una serpiente; la mente sabia en cambio, descarta las representaciones y sólo reconoce el aspecto real mundano de seres y cosas, basado en la ley de causa y efecto, y sobretodo, su naturaleza última o verdadera, que trasciende dicha ley de causa y efecto.

La mente que no reside en ninguna experiencia sensorial o mental, que se desprende de todo apego a sí misma, a seres y cosas, que manifiesta su claridad, espaciosidad y calma intrínseca, que responde con empatía y habilidad ante el sufrimiento ajeno, constituye la mente sabia, también llamada mente de iluminación.

¿Quién soy?
El Buda Sakyamuni elaboró un detallado análisis de la individualidad, concluyendo que aquello que se denomina ser sensible, ser dotado de conciencia, o ser humano, es un compuesto de cinco factores: cuerpo físico, sensaciones (agradables, desagradables y neutras), percepciones (reconocimiento de seres y cosas basado en la memoria), elaboraciones intencionales (todo aquello que la mente crea a partir de sus deseos/carencias, experiencias vitales y el pensamiento asociativo: emociones, ideas, creencias, rasgos de carácter) y conciencia (el darse cuenta básico de todo lo anterior, también se incluye aquí una autoconciencia individual que otorga un sentido de identidad separada, así como el trasfondo inconsciente de la mente). El Buda declaró reiteradamente que la verdadera naturaleza del individuo no es identificable con ninguno de los cinco factores mencionados, es decir, el individuo tiene cuerpo, tiene sensaciones, tiene percepciones, tiene elaboraciones intencionales y tiene conciencia, pero no es de modo permanente ninguno de ellos, pues todos sin excepción manifiestan las leyes que rigen todo fenómeno: tienen naturaleza transitoria, tienen inclinación a crear apego y sufrimiento y carecen de un yo absoluto y eterno.

Ahora bien, dicho análisis de la individualidad no niega la validez provisional del yo y sus características (personalidad, autoestima, etc.), entendido exclusivamente como una convención mundana y temporal, no como una realidad última y definitiva. Lo que realmente somos trasciende por principio todo lo que podamos identificar o reconocer de nuestra individualidad, por ello el Buda consideró que el término “Yo mismo” o “Sí Mismo” empleado por otras corrientes espirituales no era válido para designar la realidad verdadera del individuo. Por el contrario, prefirió utilizar términos impersonales como cesación del sufrimiento, o epítetos que eluden toda identificación individual como liberado/liberada para designar aquello que uno es realmente. Más adelante, se elaboró el término naturaleza de Buda con idénticos significados.

En base a todo lo anterior, a nivel mundano somos el resultado de nuestras acciones pasadas, tanto las cometidas desde nuestro nacimiento actual, como todas aquellas que provienen de nuestras existencias anteriores. A dichos resultados hay que añadir los resultados inmediatos o futuros generados a partir de nuestras acciones presentes. Es decir, mi existencia actual es la encrucijada donde se entretejen los efectos de mis acciones pasadas junto a los efectos futuros generados por mis acciones presentes. Como afirma un popular dicho del Dharma: “Si quieres conocer tu pasado, observa tu cuerpo; si quieres conocer tu futuro, observa tu mente”. En este sentido, si bien estoy condicionado por mi pasado, simultáneamente soy libre de elegir, cambiar y encauzar mi futuro a partir de mis acciones presentes. En último término, somos un complejo proceso vital formado por cambios y transformaciones que se modifica a partir de nuestras decisiones actuales, y dicho proceso vital se encaminará hacia la regresión o hacia el desarrollo, según sea la cualidad ética y sabia de dichas decisiones.

¿Dónde estoy?
A causa de su habilidad meditativa, el Buda Sakyamuni reconoció diversos planos de existencia donde nacen reiteradamente los seres, unos de naturaleza nefasta cuyas condiciones vitales generan múltiples sufrimientos, y otros de naturaleza auspiciosa donde las condiciones vitales pueden oscilar desde una combinación de sufrimiento y placer, hasta llegar a un placer mundano prolongado. Tanto el Buda Sakyamuni como sus antecesores y también sus sucesores, han nacido y nacerán con forma humana, es decir, en este mundo humano, pues reúne las condiciones vitales más favorables para el desarrollo espiritual. Su particular integración de sufrimiento y placer convierte al mundo humano en el lugar más propicio para captar la realidad de lo condicionado en toda su magnitud y emprender el sendero de su trascendencia. En concreto, el mundo humano carece del extremo hedonista disfrutado por diversos seres celestiales burdos y sutiles, así como del extremo sufriente experimentado por seres animales, espectros hambrientos o seres infernales. A un ser nacido en cualquiera de ambos extremos le resultará francamente difícil tener una conciencia mínima de su situación limitada y limitadora, y mucho menos podrá disponer de medios adecuados para liberarse de su condicionamiento y de su sufrimiento.

De hecho, el Buda subrayó que conseguir nacer como ser humano es un acto excepcional, fruto de numerosas acciones saludables anteriores que se remontan al pasado más remoto del individuo. Por esta razón, el Buda instó a sus discípulos a desarrollar sus vidas humanas con sus mejores cualidades y virtudes, dotándolas de un sentido válido para sí mismas y para los otros seres con los que comparten sus existencias. En concreto, promovió que los seres humanos formulasen votos y propósitos altruistas para despertar y encauzar de modo excelente las cualidades más excelsas que caracterizan al ser humano.

¿Hacia dónde voy?
El Buda rechazó de manera categórica dos opiniones muy extendidas en su época, que, significativamente, también están presentes en la actualidad: un extremo alude a la predestinación de los seres, es decir, todos los seres sensibles nacen con un destino prefijado de antemano, ya sea por una entidad divina o por un principio abstracto de origen incierto, que determina para cada ser de manera inexorable sus condiciones de nacimiento, salud, educación, experiencias vitales y duración de vida, ante las cuales todo individuo se verá impotente en su intento de cambiarlas en lo más mínimo. La aplicación práctica de este enfoque es el fatalismo, en consecuencia, cada ser se dirigirá existencialmente hacia un destino actual y posterior a la muerte que ya está predeterminado.

El otro extremo se refiere al origen basado en el azar de los seres y sus diversas circunstancias. Aquí todo lo que constituye y le sucede a cada individuo es fruto de coincidencias inexplicables y aleatorias, por tanto, las acciones de cada ser podrán o no tener consecuencias, según entren en juego o no diversos factores que, conforme a este enfoque, resultan desconocidos y no guardan ninguna relación causal entre sí. En este caso, su aplicación práctica combina el escepticismo mundano y espiritual y el relativismo ético, lo que resulta en una ideología materialista del individuo y del mundo: la vida presente es todo lo que hay y con la muerte, se acaba todo definitivamente.

Sin embargo, el Buda planteó la situación del individuo desde una óptica muy sutil basada en su perfecto conocimiento de la realidad. Si bien no es posible determinar el punto de origen del continuo renacer de los seres, sí es posible ponerle fin o transformarlo a voluntad. Como ya se explicó anteriormente, cada ser nace ya condicionado por un pasado de causas y efectos múltiples, sin embargo, no está predestinado a reproducir tendencias productoras de sufrimiento, como tampoco está condenado a experimentar su vida dependiendo de los caprichos del azar. Por el contrario, la dirección existencial de cada individuo se halla en sus propias manos, condicionada por un pasado determinado sí, pero abierta a un futuro sin determinar que el individuo irá creando con sus actos presentes. La clave para ello radica en abandonar la producción de acciones perjudiciales que generan sufrimiento, producir acciones saludables basadas en decisiones sabias e implementarlas de manera sostenida.

Así pues, nos encaminaremos hacia donde decidamos y la cualidad ética, valores interiores y entorno vital de nuestro destino dependerán de la cualidad ética, valores interiores y entorno vital de nuestra mente. La mejor actitud para gozar de un destino favorable, ya sea en la vida presente como en las vidas futuras más lejanas e inciertas, consiste en cultivar la generosidad del altruismo. Como afirmó el gran maestro Zen Shunryu Suzuki: “Practicas meditación para los demás”. Y como cantó con idéntico sentido el inigualable Santideva: “El único propósito de que tengas este cuerpo humano es para servir a los otros”.

SOBRE EL AUTOR

Aigo Seiga Castro es Maestro Zen certificado por la escuela budista Zen Soto (Japón). Máster en estudios budistas (con distinción) por la Universidad de Sunderland (Reino Unido). Profesor de budismo en la Cátedra de las Tres Religiones (Universidad de Valencia).

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